Noticias

DEPRESIÓN · Ese vacío que se disfraza de normalidad

Autora: Ane Miren Gutiérrez-Muto

 

La depresión es uno de los trastornos mentales más comunes en la actualidad. Además, se trata de una de las principales causas de discapacidad en todo el mundo. A nivel internacional, la depresión afecta a más de 280 millones de personas, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), lo que representa una de las principales causas de discapacidad en todo el mundo. Este trastorno afecta a todo tipo de países, y se presenta en todas las edades y géneros, aunque las mujeres suelen ser más propensas a padecerla.
En Europa, el panorama es igualmente preocupante: se estima que alrededor del 7% de la población sufre de algún tipo de depresión cada año. En España, según datos recientes del Instituto Nacional de Estadística, aproximadamente el 5,4% de la población ha sido diagnosticada con depresión en algún momento de su vida, lo que equivale a más de dos millones de personas. De este porcentaje, las mujeres representan alrededor del 70% de los casos. Los factores que influyen en la alta prevalencia en España incluyen el desempleo, la crisis económica y los cambios sociales, aunque factores personales como el aislamiento social y las enfermedades crónicas también juegan un papel importante.
Pero esto no es todo, estas cifras van en aumento.
La gravedad de la situación con respecto a la depresión es alarmante, ya que no solo afecta a millones de personas en todo el mundo, sino que también tiene consecuencias devastadoras tanto a nivel individual como social.

Saber si tienes depresión puede ser un proceso complicado, ya que sus síntomas no siempre son obvios o fáciles de identificar. La depresión es un trastorno mental caracterizado por una tristeza persistente, pérdida de interés o placer en actividades cotidianas, fatiga, cambios en el apetito o el sueño, y dificultad para concentrarse o tomar decisiones (National Collaborating Centre for Mental Health, 2010).

Sentir tristeza, frustración o incluso desesperanza en ciertos momentos es parte de la experiencia humana. Sin embargo, cuando estos sentimientos son persistentes y comienzan a interferir con la vida diaria, pueden ser indicios de algo más profundo, como es la depresión.

Los síntomas conductuales y físicos suelen incluir llanto, irritabilidad, retraimiento social, exacerbación de dolores preexistentes, dolores secundarios al aumento de la tensión muscular, falta de libido, fatiga y disminución de la actividad, aunque la agitación es común y la ansiedad marcada frecuente (Gerber et al., 1992). Típicamente hay una reducción del sueño y una disminución del apetito (que a veces conduce a una pérdida de peso significativa), pero en algunas personas se reconoce que el sueño y el apetito aumentan. Es frecuente la pérdida de interés y disfrute en la vida cotidiana, y los sentimientos de culpa, inutilidad y de que uno merece un castigo, así como la disminución de la autoestima, la pérdida de confianza, los sentimientos de impotencia, la ideación suicida y los intentos de autolesión o suicidio.

Los cambios cognitivos incluyen falta de concentración y de atención, pensamientos pesimistas y negativos sobre uno mismo, lentitud mental y cavilación (Cassano y Fava, 2002).

Estos síntomas deben mantenerse durante al menos dos semanas para que se considere un trastorno depresivo. Si te identificas con varios de estos síntomas de manera constante, puede ser útil buscar la ayuda de un profesional de la salud mental, quien realizará una evaluación exhaustiva. Es importante entender que la depresión no es simplemente un «bajón» que uno puede superar con fuerza de voluntad; es una condición médica que requiere atención y tratamiento.

El diagnóstico de la depresión generalmente se basa en una entrevista clínica que incluye preguntas sobre tu estado de ánimo, hábitos de vida, relaciones interpersonales, antecedentes familiares y posibles factores desencadenantes. Los profesionales también pueden usar herramientas de diagnóstico estandarizadas, como el Inventario de Depresión de Beck o la Escala de Depresión de Hamilton, para evaluar la gravedad del trastorno. Es importante que el profesional descarte otras condiciones que puedan imitar los síntomas de la depresión, como trastornos hormonales (hipotiroidismo), deficiencias nutricionales (vitamina D, vitamina B12), o efectos secundarios de medicamentos.

Aunque se ha pensado que la depresión es un trastorno de duración limitada, que dura una media de 4 a 6 meses con una recuperación completa posterior, ahora está claro que la recuperación incompleta y las recaídas son frecuentes. Según varios estudios publicados en la revista Psychological Medicine, el 50% de los pacientes sigue teniendo un diagnóstico de depresión un año después y al menos el 10% tenía una depresión persistente o crónica (Simon et al., 2002).

Terapia convencional

La buena noticia es que la depresión es tratable y existen varias opciones terapéuticas que han demostrado ser eficaces. Los criterios diagnósticos y los métodos de clasificación de los trastornos depresivos han cambiado sustancialmente a lo largo de los años. Aunque la aparición de criterios diagnósticos operativos ha mejorado la fiabilidad del diagnóstico, esto no evita el problema fundamental de intentar clasificar un trastorno que es heterogéneo y que se considera mejor en varias dimensiones (Schmidt et al., 2011).

Es importante subrayar que hacer un diagnóstico de depresión no implica automáticamente un tratamiento específico. Un diagnóstico es un punto de partida para de ayudar a esa persona en sus circunstancias particulares. El enfoque adecuado puede variar según la persona, pero las dos principales formas de tratamiento convencional son la terapia psicológica y los medicamentos.

Terapia psicológica

La psicoterapia, o «terapia de conversación», es una forma efectiva de tratar la depresión. Existen diferentes tipos de psicoterapia, cada una con su enfoque particular. Según una revisión bibliográfica publicada en la revista Psicothema (Pérez Alvárez y García Montes, 2001), las terapias más comunes incluyen:

– Terapia cognitivo-conductual (TCC): Es una de las formas más efectivas de psicoterapia para la depresión. Ayuda a las personas a identificar y cambiar patrones de pensamiento negativos que pueden estar contribuyendo a la depresión.

– Terapia interpersonal (TIP): Este tipo de terapia se centra en mejorar las relaciones interpersonales y la comunicación, ayudando a resolver conflictos que pueden estar contribuyendo a la depresión.

– Psicoterapia psicodinámica: Se centra en explorar patrones de comportamiento inconscientes, emociones reprimidas y experiencias pasadas que podrían estar afectando el estado emocional actual de la persona.

Estos tratamientos son considerados «bien establecidos» y cuentan con un respaldo sólido de evidencia clínica. Han sido rigurosamente evaluados en múltiples estudios y se basan en protocolos claramente definidos y estructurados. Los programas están diseñados de manera meticulosa para asegurar que los pacientes reciban un enfoque terapéutico sistemático, con objetivos claros y pasos progresivos que se ajustan a las necesidades individuales de cada persona.

Medicamentos

El pilar del tratamiento farmacológico de la depresión durante los últimos 40 años o más han sido los antidepresivos, especialmente en casos moderados o severos (Kuhn, 1958). Los antidepresivos actúan equilibrando los químicos en el cerebro, como la serotonina, norepinefrina y dopamina, que están involucrados en la regulación del estado de ánimo. Los tipos más comunes de antidepresivos son:

– Inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS): Son los medicamentos más recetados por su perfil de efectos secundarios moderados.

– Inhibidores de la recaptación de serotonina y norepinefrina (IRSN).

– Antidepresivos tricíclicos: Aunque son efectivos, tienen más efectos secundarios que los ISRS y IRSN, por lo que se utilizan con menos frecuencia.

– Inhibidores de la monoaminooxidasa (IMAO): Un tipo más antiguo de antidepresivo, que se usa cuando otros tratamientos no han sido efectivos.

Los antidepresivos son medicamentos que requieren prescripción médica y no pueden adquirirse sin la autorización de un profesional de la salud. Solo médicos, como psiquiatras, médicos generales o neurólogos, están capacitados para evaluarte adecuadamente, determinar si necesitas este tipo de medicación y recetarla en la dosis y forma correctas. Esto se debe a que los antidepresivos pueden tener efectos significativos en la química cerebral y, si no se utilizan bajo supervisión médica, podrían provocar efectos secundarios graves o interacciones negativas con otros tratamientos.

Cambios en el estilo de vida

Además de la terapia y los medicamentos, los cambios en el estilo de vida pueden ser una parte crucial del tratamiento de la depresión. El ejercicio regular, una alimentación equilibrada, un sueño adecuado y la reducción del estrés son medidas que pueden mejorar el estado de ánimo y complementar otros tratamientos.

¿Y si ya he probado esto y no veo resultados?

A pesar de la rápida evolución de las terapias farmacológicas en los últimos 50 años, las investigaciones demuestran que sólo entre el 60% y el 70% de los pacientes que toleran los antidepresivos responderán a la monoterapia de primera línea, y más de un tercio de los pacientes tratados por depresión se volverán resistentes al tratamiento (Souery et al., 2006). Para abordar la depresión resistente al tratamiento, se utilizan tres estrategias fundamentales: optimizar la dosis de antidepresivos para obtener el máximo beneficio, aumentar o combinar diferentes terapias para potenciar su efectividad, y cambiar de terapia cuando los tratamientos iniciales no producen los resultados esperados.

En un estudio publicado recientemente en la revista The Lancet, evaluaron tratamientos novedosos y emergentes para el trastorno de depresión. En este estudio, remarcan la necesidad de desarrollar, probar y comprender la eficacia de nuevos agentes o modalidades de tratamiento, idealmente con un inicio de acción más rápido, mejor tolerabilidad y con el potencial de una mayor eficacia que los antidepresivos existentes en personas en las que los antidepresivos actuales han fracasado (Marwaha et al., 2023). Entre estos nuevos tratamientos se encuentra la estimulación cerebral no invasiva, que están ofreciendo alternativas prometedoras para aquellos pacientes que no responden adecuadamente a los tratamientos tradicionales. Estas nuevas tecnologías amplían el abanico de opciones terapéuticas disponibles, proporcionando esperanza a más personas que sufren de depresión.

Técnicas innovadoras de estimulación cerebral no invasiva para tratar la depresión

En los últimos años, la ciencia ha avanzado hacia nuevas formas de tratar la depresión, en especial para aquellas personas que no responden bien a las terapias convencionales. Una de las áreas más prometedoras es la estimulación cerebral no invasiva.

Estimulación magnética transcraneal (EMT)

La estimulación magnética transcraneal (EMT) es una técnica no invasiva que utiliza campos magnéticos pulsados para estimular ciertas áreas del cerebro que están relacionadas con la regulación del estado de ánimo.

Las áreas especialmente relevantes para el tratamiento con EMT son el córtex prefrontal dorsolateral izquierdo, que se sabe que es hipoactivo en la depresión y está relacionado con la resistencia al tratamiento; y el córtex prefrontal derecho, que podría ser hiperactivo en personas con depresión. La corteza prefrontal dorsolateral izquierda suele estimularse repetidamente con EMT repetitiva de alta frecuencia (EMTr), mientras que la corteza prefrontal derecha suele estimularse con EMT de baja frecuencia.

De acuerdo con numerosos estudios clínicos, los efectos terapéuticos de la EMTr pueden mantenerse durante al menos un año tras finalizar el tratamiento inicial. Esto significa que muchas personas experimentan una reducción sostenida de los síntomas depresivos a largo plazo, lo que mejora significativamente su calidad de vida. Además, se ha demostrado que someterse a sesiones de mantenimiento periódicas de EMTr puede prolongar aún más la duración de estos beneficios (Senova et al., 2019).

Estimulación transcraneal por corriente directa (tDCS)

Otra técnica prometedora es la estimulación transcraneal por corriente directa (tDCS). A diferencia de la EMT, que utiliza campos magnéticos, el tDCS emplea una corriente eléctrica de baja intensidad que se aplica a través de electrodos colocados en el cuero cabelludo.

Según una revisión bibliográfica publicada en la revista Experimental Neurology, en los últimos años los protocolos de tDCS se han optimizado significativamente. La aplicación de estos protocolos de estimulación recientemente desarrollados en pacientes con depresión ha resultado prometedora en estudios piloto (Nitsche et al., 2009). En comparación con el tratamiento farmacológico, el impacto inmediato de la tDCS sobre los síntomas depresivos podría convertirla en un enfoque prometedor para salvar las primeras semanas de tratamiento médico, hasta que se manifiesten los beneficios farmacológicos.

Estimulación cerebral profunda

Por último, la estimulación cerebral profunda (DBS, deep brain stimulation) es una intervención neuroquirúrgica evaluada para su uso en el trastorno de la depresión farmacorresistente grave. Existen estudios que han investigado este tipo de estimulación en diversas regiones cerebrales, y pequeños ensayos clínicos que sugieren un beneficio potencial (Zhou et al., 2018).

Estos resultados sugieren que la DBS para el tratamiento del trastorno de la depresión farmacorresistente se considera prometedora, lo que debe confirmarse mediante estudios bien diseñados y con un gran número de pacientes.

¿Te interesa aún más el tema?

Te invitamos a explorar las referencias citadas a lo largo de este texto, ya que son una valiosa fuente de conocimiento. Ahí hay mucha información interesante que te puede ayudar a entender todo mejor. Cada uno de estos artículos trae consigo ideas y perspectivas que seguro te van a hacer pensar. Así que, ¡no dudes en echarles un vistazo!

National Collaborating Centre for Mental Health (UK. (2010). Depression: the treatment and management of depression in adults (updated edition). British Psychological Society.

Gerber, P. D., Barrett, J. E., Barrett, J. A., Oxman, T. E., Manheimer, E., Smith, R., & Whiting, R. D. (1992). The relationship of presenting physical complaints to depressive symptoms in primary care patients. Journal of General Internal Medicine, 7, 170-173.

Cassano, P., & Fava, M. (2002). Depression and public health: an overview. Journal of psychosomatic research, 53(4), 849-857.

Simon, G. E., Goldberg, D. P., Von Korff, M., & Üstün, T. B. (2002). Understanding cross-national differences in depression prevalence. Psychological Medicine, 32(4), 585-594.

Schmidt, H. D., Shelton, R. C., & Duman, R. S. (2011). Functional biomarkers of depression: diagnosis, treatment, and pathophysiology. Neuropsychopharmacology, 36(12), 2375-2394.

Pérez Alvárez, M., & García Montes, J. M. (2001). Tratamientos psicológicos eficaces para la depresión. Psicothema, 13 (3).

Kuhn, R. (1958). The treatment of depressive states with G 22355 (imipramine hydrochloride). American Journal of Psychiatry, 115(5), 459-464.

Souery, D., Papakostas, G. I., & Trivedi, M. H. (2006). Treatment-resistant depression. Journal of Clinical Psychiatry, 67, 16.

Marwaha, S., Palmer, E., Suppes, T., Cons, E., Young, A. H., & Upthegrove, R. (2023). Novel and emerging treatments for major depression. The Lancet, 401(10371), 141-153.

Senova, S., Cotovio, G., Pascual-Leone, A., & Oliveira-Maia, A. J. (2019). Durability of antidepressant response to repetitive transcranial magnetic stimulation: Systematic review and meta-analysis. Brain stimulation, 12(1), 119-128.

Nitsche, M. A., Boggio, P. S., Fregni, F., & Pascual-Leone, A. (2009). Treatment of depression with transcranial direct current stimulation (tDCS): a review. Experimental neurology, 219(1), 14-19.

Zhou, C., Zhang, H., Qin, Y., Tian, T., Xu, B., Chen, J., … & Xie, P. (2018). A systematic review and meta-analysis of deep brain stimulation in treatment-resistant depression. Progress in Neuro-Psychopharmacology and Biological Psychiatry, 82, 224-232.